(...) adivinaba que asomaba por el umbral una luz de antaño: apenas un eco desgastado por la migración, de un silencio inquebrantable, de una luz bulliciosa tan intensa que, en su silencio, la percibí: era la luz, la luz, dijimos [en un eco. Al destaparse aquello, la luz titilante, agonizante, se dejaba entrever mucho más. (...) y fuimos, como perseguidos por el silencio, fuimos. Y arrastramos, como cadenas oxidadas, una voz aguda como el filo de un cuchillo y vimos el silencio y la luz devolviéndonos con su espuma en un penoso movimiento: [circular.